X seminario de clínica psicoanalítica

Impartido por Sandra Turrado Vega – Psicoanalista

Socio Titular del Instituto Psicoanalítico de Salamanca
12/01/2019 (iPsiSalamanca)



Bueno, primero quisiera darle las gracias a Javier por invitarme otra vez. La verdad, es una alegría volver aquí, que fue mi casa durante un montón de años. Y…bueno, me gusta ver que hay caras nuevas, pero me gusta más que haya caras que reconozco del año pasado, porque eso me parece que significa que algo se está haciendo bien, ¿no?

El curso que se está impartiendo este año sobre clínica psicoanalítica me parece muy apropiado y muy valioso, y en este punto, quisiera citar a Javier en el momento que me invitó a dar esta clase. Me lo traje apuntado. Me dijo: “la idea para el próximo cuatrimestre es hablar de clínica con total libertad (…) Creo que puede ser enriquecedor referirse a diferentes casos para tener una idea más completa de la clínica psicoanalítica”. Bueno, que sepan que este hombre no tiene razón al decir esto…tiene razones, que no es lo mismo. Hay especialmente una cosa que dice, que quiero señalar. Fíjense que no dice: “para tener una idea completa”, lo cual implicaría ya una totalidad en el saber, dice: “para tener una idea más completa”, dejando el conjunto abierto y asumiendo entonces que el saber no puede ser total, que siempre hay algo que se nos va a quedar por fuera, que se nos va a escapar. 

Me parece importante que entiendan esto, porque en la clase de hoy vamos a referirnos en varias ocasiones a esta lógica del conjunto abierto, que es la lógica del psicoanálisis, y que parte de las fórmulas de la sexuación, con las que Lacan quiso dar cuenta de que hay una falla lógica que imposibilita la escritura de la relación sexual. No es mi intención desarrollarlas hoy, simplemente quiero que sepan que en estas fórmulas de la sexuación hay dos lados: el lado del no-todo, que se corresponde con la lógica femenina, y el lado del todo, que tiene que ver con la lógica masculina. Lacan define la sexuación del lado del no-todo como un conjunto abierto, donde no hay universal…entonces, aquí hablaríamos de un conjunto abierto de razones. Por otro lado, define el lado del todo, la sexuación fálica, como un conjunto cerrado, fundado en la lógica de la excepción. Hay una excepción que cierra el conjunto, un universal, o sea, estaríamos hablando de una razón.

Por ejemplo, cuando Lacan dice que LA mujer no existe, cosa que se le critica, se refiere a esto. Aunque en algún momento de su enseñanza dice que el hombre hace existir a LA mujer en la psicosis. No tomaremos este tema hoy pero sería bonito abordarlo. Bueno, digamos que no hay LA mujer, porque no hay una mujer universal, todas ellas son particulares, hay mujeres. Lacan también dice que no hay EL psicoanalista, hay psicoanalistas. Y hoy decimos que no hay LA razón, en todo caso, hay razones. Pensar en una única razón nos haría caer en totalitarismos. Dejemos el conjunto abierto, y hoy vamos a ir contando las razones que me parece a mí que tiene Javier para haber dicho que “puede ser enriquecedor referirse a diferentes casos para tener una idea más completa de la clínica psicoanalítica”. Vamos a ir contando esas razones una por una si Javier nos autoriza.

Hablando de conjuntos abiertos, yo quisiera incluirlos a ustedes en una presentación que está empezada, pero que no he acabado, a propósito, por supuesto. Vamos a decir que este trabajo está en curso, es algo que no he concluido y que vamos a seguir haciendo entre todos. Para poder continuarlo, me gustaría escuchar sus preguntas, que me parece que pueden servir como orientación muchas veces. Y bueno, también quisiera escuchar sus respuestas…si es que tienen alguna. Lo bueno sería que cada uno siga pensando y trabajando después alguna de las cuestiones de las que vamos a hablar hoy. 

En principio mi propósito es comentar algunas ideas sobre el caso Aimée, que es un caso que se incluye en la tesis de doctorado de Lacan en psiquiatría. Lacan estudió medicina y se especializó en la disciplina psiquiátrica. Esta tesis fue editada por primera vez en 1932. Me parece importante remarcar que esta tesis es de psiquiatría, porque el Lacan de Aimée no es el Lacan del psicoanálisis, si bien las elaboraciones como psiquiatra fueron decisivas para las conceptualizaciones posteriores, ya hablemos de práctica o de clínica psicoanalítica.

Vamos a tomar esto último que dije sobre hablar de práctica o de clínica en psicoanálisis. Esto es muy importante. Cuando me refería antes a lo valioso del curso que se está impartiendo sobre clínica psicoanalítica, me refería a esto: el curso es sobre clínica psicoanalítica. La clínica psicoanalítica se distingue de la práctica del psicoanálisis. ¿En qué? En que la clínica supone una formalización. La enseñanza de Lacan, y también de Freud siempre estuvo impregnada de esa exigencia clínica, eso ustedes lo pueden ver claramente en los historiales y en el trabajo tan detallado que hacen de los casos. Esperaría que esa exigencia sea la de cualquier psicoanalista. No es suficiente con que el psicoanálisis sea eficaz, esa eficacia tiene que ser explicada. Hay que dar razones, como decíamos al principio, decíamos que Javier no tenía razón, sino que tenía razones, ¿se acuerdan? Tiene que ver con esto. Lacan dijo hacia el final de su enseñanza: “es indispensable que el analista sea al menos dos. El analista para tener efectos y/es (et/est) el analista que, a esos efectos, los teoriza“. Si la práctica no se explica, si la práctica no se formaliza, el psicoanálisis no se distingue de la magia o de cualquier esoterismo. Lacan decía también que “una práctica no tiene necesidad de ser esclarecida para operar” (Televisión). Esa es la diferencia con la clínica psicoanalítica.

Bueno, vamos entonces con la formalización del caso Aimée, que es el caso princeps del psicoanálisis lacaniano, y que Lacan retomará en varias ocasiones a lo largo de su enseñanza. Una de las cosas que me gustaría tener en cuenta para estudiar el caso son los diferentes pasajes al acto que forman parte de este historial, puesto que tienen un lugar clave en el análisis del caso. Vamos a ver por qué. 

En el momento en el que Lacan desarrolla esta tesis, la expresión “pasaje al acto” formaba parte del vocabulario psiquiátrico francés, y se utilizaba para referirse a conductas desviadas violentas y bruscas, a formas impulsivas de acción que llevan a alguien a realizar una actividad que lo supera y que no puede dominar. El pasaje al acto era algo exclusivo del campo de la psicopatología, tenía un tinte peyorativo. Por ejemplo, un pasaje al acto podría ser un suicidio, una agresión, una violación…Más específicamente en ese momento se utilizaba en referencia a pacientes psicóticos, no hay que perder de vista que es un término cuya prehistoria supera el marco psicoanalítico, una prehistoria de la que Lacan también forma parte por haber intervenido en las grandes discusiones de psiquiatría de su época: vamos de la psiquiatría al psicoanálisis, los antecedentes del psicoanálisis lacaniano los vemos en la psiquiatría, quiero que tengan claro esto, porque no tener en cuenta la psiquiatría sería negar de la dimensión médica, de la dimensión biológica, sería justamente situarnos del lado del todo, del conjunto cerrado, y me parece que el psicoanálisis, para poder ejercerlo bien, necesita beber de muchas disciplinas, y no solo de la psiquiatría. Justamente eso es lo que le da su lugar singular. No se puede reivindicar el psicoanálisis como una disciplina aparte, sin relación con otras. Lacan trabajó con y contra muchas doctrinas psiquiátricas, y negarles su valor es caer en el oscurantismo del que siempre se nos advierte que nos guardemos de caer. El psicoanálisis implica situarse del lado del no-todo, del lado del conjunto abierto, tal y como les estoy proponiendo hoy.

Entonces, el pasaje al acto en la perspectiva del psicoanálisis, y gracias a la modificación que produce Lacan, pasando a elevar el pasaje al acto a la categoría de concepto, lejos de la simple descripción que implicaba el pasaje al acto que se utilizaba en la psiquiatría. Lacan comienza toda una teorización del pasaje al acto como psiquiatra, pero es una teorización que continuará en su recorrido como psicoanalista. Realmente, el pasaje al acto va más allá de lo patológico, es algo transestructural, es decir, que puede darse en cualquier estructura. Las tres grandes, me imagino que las conocen, son neurosis, psicosis y perversión.

Hay algunas personas que dejan la acción del pasaje al acto del lado de la psicosis, y utilizan la expresión de acting-out para la neurosis. En mi opinión, me parece que caer en eso es caer en un binarismo que sirve únicamente para describir, lejos del uso que le da Lacan, porque la clínica psicoanalítica no es una clínica descriptiva, sino demostrativa de lo radical del sujeto del inconsciente, que no es aprehensible por ninguna clasificación, al contrario que las tipologías psiquiátricas, que responden a un todo universalizante, del lado masculino. El psicoanálisis, del lado femenino, les repito, se encarga de la singularidad, del uno por uno. Les repito de nuevo: se encarga de las razones, una por una, y no de la razón. Creo que organizar “acting-out en la neurosis y pasaje al acto en la psicosis” tiene más bien que ver con un conjunto cerrado, y limitarse a categorizaciones de este tipo me parece que en psicoanálisis no sirve, porque, que un sujeto realice un pasaje al acto no garantiza que sea psicótico, y que haya un acting-out no garantiza que sea neurótico. Yo creo que hay pasaje al acto y acting-out en la neurosis, y hay pasaje al acto y acting-out en la psicosis.

El pasaje al acto es un “dejar caer”. No vi en el programa de este curso que estuviera el caso de la joven homosexual, pero sí comprobé que habían visto el caso Dora. Así que voy a poner un ejemplo muy sencillo de este caso. Lacan lo estudia en el Seminario 10. ¿Se acuerdan de la bofetada que ella le da al señor K cuando le dice a Dora las mismas palabras que a la gobernanta: “mi mujer no es nada para mí”? Eso es un pasaje al acto, porque en ese momento, Dora cae de la escena, una escena que ella había estado sosteniendo. La lectura de esa bofetada, de ese pasaje al acto, nos muestra que hay un corte en la continuidad de la escena. Dora sabía que el señor K le había dicho a la gobernanta: “no me importa nada de mi mujer”, y eso, cuando se le dice a Dora, tiene el efecto de romper la escena, escena de la que Dora queda expulsada. Freud le dice a Dora: “Pero en el momento en el que el señor K usó las palabras “nada me importa de mi mujer”, que había dicho también a la señorita, nuevas emociones se despertaron en usted y la balanza se inclinó. Usted se dijo: ¿Cómo se atreve a tratarme como una gobernanta…?”. Dora responde con un pasaje al acto, responde con una bofetada a esta frase trampa, y, según Freud, esa respuesta es por tres razones: porque el atrevimiento del hombre merecía un rechazo enérgico, por celos, porque él había dicho eso a la gobernanta, y sobre todo por la afrenta al amor propio que la situación supone.

Entonces, vamos con el acting-out. A diferencia del pasaje al acto, en el acting-out se quiere mostrar algo: el acting out es esencialmente mostrativo, por ejemplo, podría ser una obesidad o una anorexia, se muestra algo que obliga al Otro a mirarlo. 

Digamos que lo esencial es que el pasaje al acto hace que el sujeto salga de la escena, el sujeto cae de la escena, como le ocurrió a Dora, mientras que el acting-out está destinado a convocar la mirada del otro. Entonces, podríamos tomar un suicidio desde las dos perspectivas: en el pasaje al acto, el sujeto cae de escena, mientras que en el acting out, el sujeto hace un llamado al otro…lo que pasa que en el acting out estaría pensado quizás como un intento, pero a veces sale mal y acaba en tragedia. La finalidad de la acción en el pasaje al acto y en el acting-out no es la misma. Entonces, como decía antes, para mí no se trata de algo estructural, sino que pienso que hay que estar atentos a la función.

En el periodo en el que está escrito Aimée, encontramos una concepción unificada del pasaje al acto: es un modo de resolución de la construcción delirante. Esto es muy importante, hay que tener en cuenta la importancia de la cuestión resolutoria del delirio porque es lo que Lacan va a señalar como la curación de Aimée. Lo define así: “el pasaje al acto es un fenómeno violento y reactivo, de características impulsivas y bruscas que cumple una función resolutiva, de límite respecto del delirio”. El pasaje al acto, como en el caso de la bofetada de Dora, pone fin a una escena.

Lo novedoso del caso Aimée, es que Lacan aísla una categoría clínica que hasta el momento no existía: la paranoia de autocastigo, donde hay una satisfacción autopunitiva en el pasaje al acto, hay un valor resolutivo en el pasaje al acto que lleva a la curación. Hay que señalar que Lacan observa más de 20 casos de paranoia y se propone tomar uno nada más, pero uno que pueda dar el tipo clínico. No es una estadística, sino que toma el más significativo, porque considera que la relevancia no depende de conclusiones generalizadas (propias de la psiquiatría), sino que, al contrario, estudia detalladamente el prototipo, porque defiende que “las síntesis sólidas están fundadas en observaciones rigurosas y de la mayor amplitud posible, es decir, en un número bastante pequeño de observaciones”.

Entonces, vamos con el caso. Lacan abre el examen clínico de Aimée con el atentado que la llevó a la cárcel de Saint Lazare, donde realizaron un peritaje médico-legal que decía: “la señora Aimée sufre de delirio sistemático de persecución a base de las interpretaciones, con tendencias megalomaníacas y sustrato erotomaniaco”. Las tendencias megalomaníacas tienen que ver con sentirse muy importante, y el sustrato erotomaníaco refiere a que una persona tiene la creencia de que otra de estatus superior está enamorada de ella.

Después del peritaje, la trasladaron a Sainte Anne, el psiquiátrico donde fue atendida por Lacan. Así comienza el historial:

“El 10 de abril de 193…, a las ocho de la noche, la señora Z, una de las actrices más apreciadas del público parisiense, llegaba al teatro en que esa noche iba a actuar. En el umbral de la entrada de los artistas fue abordada por una desconocida que le hizo esta pregunta: “Es usted la señora Z.?” La mujer que le hacía la pregunta iba vestida correctamente; llevaba un abrigo con bordes de piel en el cuello y en los puños, y guantes y bolso. En el tono de su pregunta no había nada que despertara la desconfianza de la actriz. Habituada a homenajes de un público ávido de acercarse a sus ídolos, respondió afirmativamente y, deseosa de acabar pronto, se disponía a pasar adelante. Entonces, según declaró la actriz, la desconocida  cambió de rostro, sacó rápidamente de su bolso una navaja ya abierta, y, mientras la miraba con unos ojos que ardían en las llamas del odio, levantó su brazo contra ella. Para detener el golpe, la señora Z. cogió la hoja con toda la mano y se cortó dos tendones flexores de los dedos. Ya los asistentes habían dominado a la autora de la agresión.

La autora se negó a dar explicaciones de lo que había hecho, excepto ante el comisario. En presencia de éste, respondió normalmente a las preguntas de identidad, pero dijo algunas que parecieron incoherentes. Declaró que desde hacía muchos años la actriz venía haciendo escándalo contra ella; que la provocaba y la amenazaba; que en estas persecuciones estaba asociaciada con un académico, P.B., famoso hombre de letras, el cual “en muchos pasajes de sus libros”, revelaba cosas de la vida privada de ella, de Aimée, desde hacía algún tiempo esta había tenido intenciones de habérselas cara a cara con la actriz; la atacó porque vio que huía; si no la hubieran detenido, le habría asestado otro navajazo.
La actriz no presentó demanda.
Conducida a la comisaría, y luego a la cárcel de Saint-Lazare, la señora Aimée estuvo presa dos meses. El … de junio de 193… era internada en la clínica del Asilo Sainte-Anne en vista del peritaje médico-legal del doctor Truelle, en el cual se llegaba a la conclusión de que la señora Aimée sufre de delirio sistemático de persecución a base de interpretaciones con tendencias megalomaníacas y sustrato erotomaniaco”. Lo que les leí antes. “En esa clínica de Sainte-Anne la hemos observado durante un año y medio aproximadamente”.

Este fue el atentado. Creo que si vamos contando la historia en orden cronológico va a ser mucho más fácil entender cómo se sistematiza el delirio y por qué Aimée llega a ese pasaje al acto.

Aimée nace en una familia de campesinos. Esa vida en el campo dejará huellas en la producción literaria que hace. Escribió varias novelas, novelas de las que Lacan, por cierto, fue el editor. Es gracioso porque Aimée pasó toda la vida temiendo que le robaran sus escritos, y Lacan nunca se los devolvió. Bueno, seguimos. Dentro de la familia, la madre tiene fama de estar afectada de “locura de persecución”, habiendo dado señales de ser paranoica, refiriendo un sentimiento de ser espiada y escuchada por los vecinos, y aislándose por ello. Hay un autor, Jean Allouch, que tiene un libro muy interesante, en el que sostiene que el caso de Aimée se trata de una folie-à-deux con su madre, una locura de dos. La folie à deux tiene varias condiciones: hay un encuentro entre dos sujetos, uno activo, lo que llamaremos caso primario, casi invariablemente un paranoico, portador de un delirio que le impone a otro sujeto, pasivo y receptivo, y que se ve arrastrado por el delirio del sujeto primario.

Es interesante que el prólogo del libro de Allouch lo escribe el propio hijo de Aimée, Didier Anzieu, quien, sin saber que Lacan había atendido a su madre, comienza a analizarse con él. Un día, él se entera y le pregunta a Lacan que por qué no le dijo nada. Y Lacan le responde que no lo sabía en un principio, y cuando se enteró ya era tarde para comentárselo. Por cierto que el hijo de Aimée fue psicoanalista.

¿Qué más? La madre tuvo ocho embarazos: tres hijas antes de Aimée, un aborto después de ella, y por último, tres varones. En el momento del ingreso de Aimée en Sainte-Anne solo vivían seis de los hijos. La propia familia es la que insiste mucho en la importancia que debe haber tenido una emoción violenta sufrida por la madre durante la gestación de Aimée, un accidente trágico que le costó la vida a la mayor de las hijas: a la vista de la madre, la hija se cayó en un horno ardiendo y murió muy rápidamente de quemaduras graves. Lacan dice que también, en la familia, hay una tía que ha roto con todos y ha dejado fama de revoltosa y de desordenada en su conducta. 

Sobre la infancia de Aimée, sabemos que su hermana mayor, de 5 años más, se ocupó de ella en los primeros años, hasta que esta hermana se va de la casa a los 14 años. Aimée era, en palabras de sus familiares, “la única que sabía contradecir a la autoridad en tanto tiránica, y en todo caso incontestada, del padre”. Podemos situar también una diferencia de trato con respecto a sus hermanos por parte de la madre, debido a “las esperanzas que daba a sus padres la inteligencia reconocida de nuestra enferma”. Hubo un lazo afectivo intensísimo que unió a Aimée muy particularmente con su madre. En el momento de la internación en Sainte-Anne, Aimée refiere: “éramos como dos amigas”. No pensaba en ella sin que se le salten las lágrimas, mientras que la idea misma de estar separada de su hijo nunca se las provocó, pese a que el eje del delirio es que algo malo le pasara a su hijo. Pero ninguna reacción era comparable en ella a la que suscita la evocación de la pena de su madre, decía todo el tiempo: “debía haberme quedado al lado de ella”. Por otra parte, recordaba con ternura los juegos de camaradería con sus hermanos y recordaba a sus hermanas con autoridad maternal.

Aimée obtiene sus estudios primarios, y a los 18 años, abandona la casa de sus padres. Después de un examen de admisión, es aceptada en la compañía en la que seguía trabajando hasta la internación. Es en esa compañía donde conoce al que será su marido. Ocho meses después del matrimonio, se produce un acontecimiento que será decisivo: la hermana mayor va a vivir a casa de Aimée y de su marido, lo cual complica la relación matrimonial. La conclusión de Lacan es tajante: “La intrusión de la hermana fue seguida del derrocamiento de Aimée en cuanto a la dirección práctica del hogar”. La hermana la humillaba y la criticaba, pero Aimée no reacciona combativamente, sino sumisamente y con autorreproches, reconociendo las cualidades de la hermana y su ayuda. Según Lacan: “La hermana representa para Aimée la imagen misma del ser que ella es incapaz de realizar”. Aunque Aimée expresa ambivalencia: se lo agradece pero no la soporta.

A partir de la intrusión de la hermana, proliferan ideas delirantes. Lacan identifica el comienzo de los estados psicopáticos de Aimée diez años antes del internamiento en Sainte-Anne, es decir, cuando tenía 28 años. Llevaba 4 de casada y estaba embarazada en ese momento. Lacan dice: “Aimée tiene, por esos días, la impresión de que cuando hablan entre sí sus compañeros de trabajo, es para hablar mal de ella: critican sus acciones de manera insolente, calumnian su conducta y le anuncian desgracias. En la calle, los transeúntes cuchichean cosas contra ella y le demuestran su desprecio. En los periódicos reconoce alusiones dirigidas asimismo contra ella. Según parece, ya anteriormente le había hecho a su marido una escena de celos muy desprovista de base. Las acusaciones se vuelven precisas y netamente delirantes: “¿Por qué me hacen todo eso? Quieren la muerte de mi hijo. Si esta criatura no vive, ellos serán los responsables”. La nota depresiva es bien clara”. Aimée confecciona ardientemente la canastilla del bebé “esperado de todos”. Finalmente, da a luz una niña que nace muerta por asfixia, por haberse enredado el cordón umbilical, lo cual conmociona a Aimée, que culpa de la desgracia a sus enemigos, bruscamente concentra toda la responsabilidad en una mujer que ha sido su mejor amiga. Esta mujer vivía lejos, y telefoneó poco después del parto para saber noticias y Aimée encontró muy extraña la cosa.

¿Por qué la hermana no deviene perseguidora? Porque las resistencias afectivas propias del vínculo familiar son un obstáculo, entonces, Aimée coloca en la figura de la perseguidora a su amiga. Busca objetos de odio suplentes del objeto real, que es la hermana, objetos cada vez más alejados y fuera del alcance de la agresión. Por eso, Lacan califica su delirio como “una reacción de huida ante el acto agresivo”. Durante años, el delirio se constituye como una defensa contra la inminencia del acto, como una acción de fuga frente al posible pasaje al acto agresivo.

Bien, aclarado esto, seguimos con la historia clínica. Aimée se queda embarazada dos años después del fatal final del primer embarazo. Este nuevo embarazo reaviva su estado pero con más intensidad: depresión y ansiedad muy marcadas, y un delirio interpretativo cada vez más acentuado: todos amenazan a su hijo. El delirio interpretativo, como su propio nombre indica, se trata de interpretaciones falsas sobre hechos reales, donde predomina el razonamiento lógico y por lo tanto, hay un discurso creíble. Es lógico y verosímil, pero es falso. Cualquiera de nosotros interpreta la realidad, eso es cierto, pero mientras que el neurótico duda de si interpretó bien o mal, en el caso de la psicosis, existe certeza en la interpretación. No hay posibilidad de error en esas interpretaciones.

Entonces, finalmente nace un niño al que Aimée se entrega apasionadamente. Nadie más que ella se ocupa de él hasta los 5 meses. Ella se va haciendo más interpretante, más hostil. Lacan dice: “provoca todo un incidente con unos automovilistas a quienes acusa de haber pasado demasiado cerca del cochecito del bebé. Estallan escándalos de toda índole con los vecinos”. Un día, a su marido le llegan dos noticias: una, que, a espaldas suyas, Aimée presentó una carta de renuncia a la compañía que les da trabajo a los dos, y otra, que ha pedido pasaporte para los Estados Unidos, utilizando un documento falso para presentar la autorización marital que pedía la ley. Ella dice que quería buscar fortuna en Estados Unidos, que quiere ser novelista. En cuanto al niño, confiesa que hubiera tenido que abandonarlo, cosa que no le avergüenza porque todo habría sido por el bien de él.

Todas estas ideas delirantes, derivan en peleas y escándalos…y finalmente, en la primera internación de Aimée, a petición de sus familiares, seis años y medio antes del ingreso en Sainte-Anne. El informe decía: “Trastornos mentales cuya evolución data de más de un año; las personas con quienes ella se cruza en la calle le dirigen injurias groseras, la acusan de vicios extraordinarios, incluso personas que no la conocen; quienes la tratan de cerca dicen de ella las peores cosas posibles; toda la ciudad está enterada de su conducta, la cual, en opinión de todos es depravada; en vista de eso ha tenido ganas de irse de la ciudad, incluso sin dinero, para vivir en cualquier otro lugar. Fondo de debilidad mental, ideas delirantes de persecución y de celos, ilusiones, interpretaciones, declaraciones ambiciosas, alucinaciones mórbidas, exaltación, incoherencia por intervalos. Cree que todo el mundo se burla de ella, que se le lanzaban injurias, que le reprochaban su conducta; tenía intenciones de irse a los Estados Unidos”. Aimée estuvo allí seis meses, y salió a petición de sus familiares, “no curada”, sino mejorada, y vuelve a hacerse cargo del niño de forma satisfactoria.

Vamos a volver sobre el informe. Dice: “fondo de debilidad mental”. La primera parte de la tesis de Lacan señala por un lado las demencias, donde sí hay déficit capacitario, y por otro lado, la psicosis, que revela una ausencia de todo déficit en las capacidades: la memoria, la motricidad, la percepción, la orientación y el discurso no están alterados, no hay ausencia de lesión orgánica. Sí hay problemas en relación a la afectividad, al juicio y la conducta. Entonces, el informe de Aimée no sería exacto, puesto que se mostraba que no había déficit en las capacidades. Aimée estaba plenamente orientada, dando muestras de una integridad intelectual completa en las pruebas de capacidad, de hecho con la atención siempre vigilante.

Entonces, después de esta internación, se dirige a la administración de la empresa donde trabaja, y pide ser trasladada a París. Su hijo se quedó a vivir con su marido. Esto ocurre casi seis años antes del atentado contra la actriz, y en este tiempo va construyendo toda la organización delirante que precedió al acto fatal, mientras que existen otros pasajes al acto en ese tiempo. Aimée asediaba incansablemente la oficina de un periodista para obtener de él la publicación de algunos artículos en los que exponía sus agravios, completamente personales y delirantes, contra una célebre escritora. Y más adelante, Aimée comete otro pasaje al acto, lo cual nos indica el carácter in crescendo de su accionar: se presenta en una casa editorial a la que ofrece un manuscrito. Cuando la empleada le comunica que fue rechazado, Aimée le salta al cuello y le causa lastimaduras de gravedad, deja incapacitada temporalmente a la empleada. El comisario que la detiene se muestra indulgente con, citamos textualmente: “la emoción de la vanidad literaria herida” y la deja en libertad una semana después. En esta misma serie de pasajes al acto, debemos incluir que le echa a su marido en la cabeza un jarrón de agua, en otra ocasión, lo que sirve de proyectil es una plancha. Hay que señalar que en un momento, Aimée quiere huir de Francia con su hijo, y pide a la hermana que declare que el marido la golpea a ella y al niño para divorciarse de él, si no, lo mataría. En la misma serie hay que incluir que también reventó a navajazos los neumáticos de la bicicleta de un compañero de oficina.

El atentado contra la actriz tiene lugar, según Aimée, por haber amenazado la vida de su hijo. Lo comprende cuando sus compañeros de trabajo mencionan a dicha actriz, por un escandaloso divorcio que la llevaba a los titulares de los periódicos. También habrá otras perseguidoras sobre esta base del prototipo que representa la actriz. Lacan destaca su valor representativo: tipo de mujer célebre, adorada por el público, cosa que, paradójicamente, Aimée desea para sí en su carrera como mujer de letras y ciencias. El idealismo altruista que la gobierna la lleva a considerarse la elegida para acabar con la desgracia de la sociedad que destacan los artistas, los poetas, los periodistas, odiados colectivamente. Ella quería terminar con eso e imponer el reinado del bien.

En los ocho meses previos al atentado, hay un periodo creciente de exaltación, donde ella le pide al gerente del hotel donde vive un revólver y él se lo niega. Entonces, le pide “un bastón para espantar a esas gentes”, o sea, a sus perseguidores. En esta época también se inicia la erotomanía que toma por objeto al Príncipe de Gales como último recurso. Le escribe diariamente poemas en un cuaderno, la habitación del hotel en el que vivía estaba tapizada de retratos del príncipe y coleccionaba igualmente recortes de periódico donde se hablaba de su vida. Además, le mandaba por correo un soneto cada semana, y otras muchas peticiones y cartas. Hay un detalle importante: que excepto ya casi al final, Aimée no firma sus cartas. Además, le envía al príncipe dos de sus novelas, mecanografiadas, encuadernadas, según Lacan, “con una pasta de cuero de lujo conmovedor”. Estas piezas le fueron devueltas mientras ella estaba en la cárcel con una nota de la Secretaria Privada de Buckingham Palace, fechada del día anterior al atentado, en el que explica que sus majestades no pueden recibir regalos de quienes no son personalmente conocidos.

A propósito del tema del delirio. El delirio responde a la construcción de la realidad de Aimée. En su caso, ofrecía la gama casi completa de los temas paranoicos, donde se combinan temas de persecución, con ideas de celos, prejuicios, interpretaciones delirantes típicas, y temas de grandeza, que se traducen en sueños de evasión hacia una vida mejor, intuiciones vagas de tener que llevar a cabo una excelsa misión social, en idealismo reformador y en una erotomanía sistematizada con un personaje de sangre real, el príncipe de Gales.

Finalmente, llegamos al pasaje al acto criminal, que se presenta como la única salida posible a varias cosas: el temor inminente del atentado que se tramaba contra su hijo, los acosos por parte de una red de perseguidores, la frustración en su deseo de publicar, estaba siendo ignorada por el objeto de su amor platónico, o sea, el príncipe de Gales, y además urgida por su necesidad imperiosa de hacer algo. A parte, los estados de ansiedad onírica desempeñaron un papel importante: Aimée ve en sueños a su hijo “ahogado, asesinado, raptado”. Un mes antes del atentado, Aimée, cada vez más trastornada, compra una navaja grande de caza que había visto en el escaparate. Se va forjando razonamientos pasionales y le es preciso ver a su enemiga cara a cara. Piensa: “¿Qué pensará de mí si no me hago presente para defender a mi hijo? Que soy una cobarde”. No encontró la dirección de la actriz en la guía telefónica, pero averiguó en qué teatro estaba actuando cada noche.

Un sábado, a las siete de la tarde, se disponía a salir, como venía haciendo cada semana, a casa de su marido. Al respecto, dice: “Todavía una hora antes de ese desdichado acontecimiento, no sabía dónde iría, y si no tomaría el camino de costumbre para estar cerca de mi hijo”. Una hora después, empujada por su obsesión delirante, Aimée se encuentra en la puerta del teatro y hiere a su víctima. Dice: “En el estado en el que me hallaba yo entonces habría atacado a cualquiera de mis perseguidores, si hubiera podido dar con alguno de ellos o si me los hubiera encontrado de casualidad”. Si podía haber agredido a cualquiera, es porque el verdadero objetivo del acto agresivo no era la actriz en particular, sino los perseguidores como totalidad: atacar a cualquiera de ellos es agredir a la red de perseguidores en cuanto tal. En ese sentido, el pasaje al acto no implica tanto el objetivo que distingue a la actriz entre todos los demás integrantes de la persecución sino de producir una diferencia en esa red siniestra que la atormentaba. También reconoce con un gesto de escalofrío que hubiera sido capaz de atentar contra la vida de cualquiera de esos inocentes.

No hay ninguna sensación de alivio tras el acto. Aimée se muestra agresiva y sigue expresando su odio contra la víctima. Sostiene con todo lujo de detalles sus afirmaciones delirantes ante el comisario, ante el director de la cárcel y ante el médico legal, diciendo ella que estaba “sorprendida porque nadie reconocía el mal proceder de su enemiga”. En largas conversaciones con sus compañeras de la cárcel, les habla de las persecuciones. Ellas la alentan, la aprueban. Aimée escribirá más adelante: “Veinte días después, a la hora en que todo el mundo estaba acostado, hacia las siete de la tarde, me puse a sollozar y a decir que esa actriz no tenía nada contra mí, que yo no hubiera debido asustarla, mis vecinas quedaron tan sorprendidas que no querían creerlo y me hicieron repetir: ¡pero ayer todavía usted estaba diciendo horrores de ella! y se quedaron aturdidas. Fueron a decírselo a la Superiora de las religiosas que quería a toda costa mandarme a la enfermería”.

Todo el delirio se derrumbó al mismo tiempo, “el bueno como el malo”, decía ella, y esto ocurre cuando comprende que se ha agredido a sí misma. Se le muestra toda la vanidad de sus ilusiones megalomaniacas, al mismo tiempo que la inanidad de sus miedos. La hermana mayor, agente de su humillación moral, y las actrices, las mujeres de letras, de mundo, encarnaban la imagen que Aimée se hacía de la mujer, puesto que ese tipo de mujeres era exactamente lo que Aimée misma sueña con llegar a ser. Dominada por la ambivalencia, agrede su imagen ideal, agrede lo que ama y odia, agrede en su víctima su ideal exteriorizado.

Aimée ingresa al asilo veinticinco días después, con 38 años. Lo singular de Aimée, lo singular de su acto, es que con esa agresión, logra castigarse a sí misma, no a su víctima. Recién veinte días después, algo cambia de su lado, cambia su posición con respecto a la agresión: “Aimée ha realizado su castigo” y eso es solo con el encarcelamiento, pues es allí donde experimenta la compañía de delincuentes y palpa la reprobación social, que es lo contrario de lo que siempre aspiró a ser: una mujer de letras famosa y reconocida. Satisfecho el autocastigo, el delirio se volvió inútil y se desvaneció. No bastaba con agredir a la víctima, sino que hacía falta el encarcelamiento. Lacan va a llamar a esa retorsión de la agresividad el “autocastigo”. Son los mecanismos de autocastigo prevalentes en la estructura de su personalidad los que explican su curación. Lacan decía que “si la naturaleza de la curación nos demostrará la naturaleza de la enfermedad”, son esos mismos mecanismos los que estarán en la naturaleza de su psicosis. Él describe la curación en estos términos: “reducción de todos los síntomas mórbidos”“sanó la psicosis manifestada por el delirio”“todos sus temas caen de un solo golpe, y la curación se ha mantenido hasta el presente”.

¿Conocen el caso de las hermanas Papin? Eran dos criadas, Christine y Léa, que trabajaban para la familia Lancelin, y mataron a su dos patronas. Lacan lo trabaja y lo contrapone al de Aimée. Fue un crimen que ocurrió en 1933. Les voy a leer el testimonio de una de ellas, de Christine Papin: “Cuando la señora regresó, le informé que la plancha estaba descompuesta de nuevo y que no había podido planchar. Cuando se lo dije, ella quiso lanzarse sobre mí; en ese momento estábamos mi hermana y yo y mis dos patronas en el descanso del primer piso. Al ver que la señora Lancelin iba a lanzarse sobre mí, le salté a la cara y le arranqué los ojos con mis dedos. Cuando digo que salté sobre la señora Lancelin me equivoco, salté sobre la señorita Lancelin Geneviève y es a esta última a quien le arranqué los ojos. En ese momento, mi hermana Léa saltó sobre la señora Lancelin y le arrancó igualmente los ojos”. El hallazgo más lamentable de los investigadores es un ojo que se encontraba en el antepenúltimo peldaño de la escalera.

El caso electrizó a Francia: por el salvajismo con que las víctimas fueron golpeadas y cortadas en pedazos con cuchillos, un martillo y una jarra de estaño (“nos cambiamos varias veces los instrumentos la una con la otra”), por lo aparentemente inmotivado del crimen (“No señor, no tenía nada contra ellas; yo no era infeliz y no tenía ninguna queja contra esas señoras”), y por las conjeturas sobre la ambigua relación que unía a las dos hermanas, que iban desde la sospecha de una relación incestuosa a la comprobación del dominio ejercido por la mayor, Christine, sobre Léa, la menor. Podemos hablar de una folie à deux, una locura de la madre de las hermanas Papin, sujeto activo, que encuentra partenaire en Christine. Y después, la partenaire de Christine, pasa a ser su hermana Léa. Christine tuvo como sentencia pena de muerte, conmutada por la reclusión en un psiquiátrico, en el que murió de inanición a partir de una abulia psicótica terminal, mientras que Léa pasó 10 años de trabajos forzados en la cárcel, en la que tuvo una conducta ejemplar. Al salir, volvió junto a su madre.

Jacques Lacan publicó en diciembre de 1933, a diez meses de los hechos y a sólo dos del proceso, un artículo muy interesante sobre el caso, llamado “Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papin”. Ahí es contrario a la opinión de los peritos oficiales del caso, que decían que las hermanas estaban perfectamente sanas y responsables de sus actos, y por ello eran imputables. Además, explica por qué el caso de Christine Papin, sujeto activo, es contrario al de Aimée. Aquí quería llegar: Christine no se cura tras el crimen, sino que cae en el mutismo. Si Aimée se cura es por su implicación en ese pasaje al acto que la llevó a la cárcel, mientras que Christine no se implica, elige no hablar y se deja morir. Lo que quiero decir con esto es que, para la curación, evidentemente hay que tener en cuenta la posición subjetiva.

Les voy a leer algunas partes del artículo:

“Los lectores recordarán las circunstancias horribles de la matanza de Le Mans, y la emoción que provocó en la conciencia del público el misterio de los motivos de las dos asesinas, las hermanas Christine y Léa Papin. A esta inquietud, a este interés, respondió en la prensa una información muy amplia de los hechos, a través de las inteligencias más despiertas del campo del periodismo. Aquí, pues, no haremos más que resumir los hechos del crimen.
Las dos hermanas, una de veintiocho años y la otra de veintiuno, han estado trabajando desde hace varios años como criadas de unos honorables burgueses de la pequeña ciudad provinciana, un abogado, su mujer y su hija. Criadas modelo, se ha dicho, excelentes trabajadoras; criadas-misterio también, pues, si se ha observado que los amos parecen haber carecido extrañamente de simpatía humana, nada nos permite decir que la indiferencia altiva de las sirvientas se haya limitado a corresponder a esa actitud; de un grupo al otro, “no se hablaban”. Este silencio, sin embargo, no podía estar vacío, incluso si era oscuro a los ojos de los actores.
El 2 de febrero, al anochecer, esta oscuridad se materializa debido a un trivial apagón doméstico de la electricidad. La descompostura ha sido provocada por una torpeza de las hermanas, y las patronas ausentes ya han mostrado, a propósito de nimiedades sin importancia, reacciones muy vivas de humor. ¿Qué fue lo que dijeron la madre y la hija cuando, al regresar a casa, se encontraron con el vulgar desastre? Las respuestas de Christine- han variado en cuanto a este punto. En todo caso, el drama se desata muy aprisa, y sobre la forma del ataque es difícil admitir otra versión que la que han dado las hermanas, a saber, que fue repentino, simultáneo, y llevado de golpe al paroxismo del furor: cada una se apodera de una adversaria, le saca viva los ojos de las órbitas (hecho inaudito, según se ha dicho, en los anales del crimen) y luego la remata. Después, con ayuda de cuanto encuentran a su alcance, un martillo, un jarro de estaño, un cuchillo de cocina, se ensañan con los cadáveres de sus víctimas, les aplastan la cara y, desnudándoles el sexo, acuchillan profundamente los muslos y las nalgas de una para embadurnar con esa sangre los muslos y las nalgas de la otra. Lavan en seguida los instrumentos de estos ritos atroces, se purifican ellas mismas, y se acuestan en la misma cama. “¡Buena la hemos hecho!”. Tal es la fórmula que intercambian y que parece dar el tono del desemborrachamiento, vaciado de toda emoción, que sucede en ellas a la orgía de sangre.
Al juez no le darán ningún motivo comprensible de su acto, ningún odio, ningún agravio contra sus víctimas; su única preocupación parecerá ser la de compartir enteramente la responsabilidad del crimen. Ante tres médicos expertos se mostrarán sin ninguna señal de delirio, ni de demencia, sin ningún trastorno actual psíquico ni físico, y a ellos les será forzoso registrar ese hecho.
En los antecedentes del crimen figuran algunos datos demasiado imprecisos, al parecer, para que se los pueda tomar en cuenta: unas gestiones embrolladas de las hermanas ante el alcalde para obtener la emancipación de la menor; un secretario general que las ha encontrado “chifladas”; un comisario central que atestigua haberlas tenido por “perseguidas”. Hay también el cariño singular que las unía, su inmunidad a cualquier otro interés, los días de descanso que pasan juntas y en su habitación. Pero ¿acaso le han preocupado a alguien, hasta entonces, semejantes rarezas? Se omite también el dato de un padre alcohólico, brutal, que, según se dice, ha violado a una de sus hijas, así como el precoz abandono de su educación.
Pasados cinco meses de encarcelamiento, Christine, aislada de su hermana, presenta una crisis de agitación violentísima, con alucinaciones terroríficas. Durante otra crisis trata de sacarse los ojos, sin conseguirlo, por cierto, pero no sin lastimarse. La agitación furiosa hace necesario esta vez el uso de la camisa de fuerza. Se entrega a exhibiciones eróticas; después aparecen síntomas de melancolía: depresión, negativa a tomar alimentos, autoacusación, actos expiatorios de un carácter repugnante; posteriormente, en varias ocasiones, suelta frases de significación delirante. Christine declaró haber simulado alguno de esos estados. Digamos, sin embargo, que esa declaración no puede tenerse en modo alguno como la clave de su índole: el sentimiento de juego suele ser experimentado en tales estados por el sujeto, sin que su comportamiento sea por ello menos típicamente mórbido.
El 30 de septiembre, las hermanas son condenadas por el jurado. Christine, al oír que le van a cortar la cabeza en la plaza principal de la ciudad, recibe la noticia de rodillas.
Mientras tanto, los caracteres del crimen, los trastornos de Christine en la cárcel, las rarezas de la vida de las hermanas, habían convencido a la mayoría de los psiquiatras de la irresponsabilidad de las asesinas”.

(…)

A decir verdad, mucho antes de que hubiéramos hecho estos acercamientos teóricos, la observación prolongada de un crecido número de casos de paranoia, con el complemento de minuciosas indagaciones sociales, nos había conducido a considerar la estructura de las paranoias y de los delirios vecinos como un terreno enteramente dominado por la suerte de ese complejo fraternal. Un ejemplo muy importante de tal fenómeno salta a la vista en las observaciones que hemos publicado. La ambivalencia afectiva hacia la hermana mayor dirige todo el comportamiento autopunitivo de nuestro “caso Aimée”. Si en el curso de su delirio Aimée transfiere sobre varias cabezas sucesivas las acusaciones de su odio amoroso, es por un esfuerzo de liberarse de su fijación primera, pero este esfuerzo queda abortado: cada una de las perseguidoras no es, verdaderamente, otra cosa que una nueva imagen, completa e invariablemente presa del narcisismo, de esa hermana a quien nuestra enferma ha convertido en su ideal. Comprendemos ahora cuál es el obstáculo de vidrio que hace que Aimée no pueda saber nunca, a pesar de estarlo gritando, que ella ama a todas esas perseguidoras: no son más que imágenes.
El “mal de ser dos” que afecta a esos enfermos no los libera sino apenas del mal de Narciso. Pasión mortal y que acaba por darse la muerte. Aimée agrede al ser brillante a quien odia justamente porque representa el ideal que ella tiene de sí misma. Esta necesidad de autocastigo, este enorme sentimiento de culpabilidad se lee también en las acciones de las hermanas Papin, aunque sólo sea en el arrodillamiento de Christine al escuchar su sentencia. Pero es como si las hermanas no hubieran podido siquiera tomar, respecto la una de la otra, la distancia que habría sido necesaria para hacerse daño. Verdaderas almas siamesas, forman un mundo cerrado para siempre; cuando se leen las declaraciones que hicieron después del crimen, dice el doctor logre, “uno cree estar leyendo doble”. Sin más medios que los de su islote, tienen que resolver su enigma, el enigma humano del sexo.
Es preciso haber prestado oídos muy atentos a las extrañas declaraciones de tales enfermos para saber las locuras que su conciencia encadenada puede armar sobre el enigma del falo y de la castración femenina. Entonces queda uno preparado para reconocer en las confesiones tímidas del sujeto llamado normal las creencias que está callando, y que cree estar callando porque las, juzga pueriles, cuando en realidad las calla porque, sin saberlo, sigue adherido a ellas.
La frase de Christine: “creo que en otra vida yo debería ser el marido de mi hermana”, se reproduce en estos enfermos a través de gran número de temas fantásticos para cuya captación sólo basta saber escuchar. Qué largo camino de tortura ha tenido que recorrer Christine antes de que la experiencia desesperada del crimen la desgarre de su otro yo, y de que pueda, después de su primera crisis de delirio alucinatorio, en la cual cree ver a su hermana muerta, muerta sin duda por ese golpe, gritarle, ante el juez que las confronta, las palabras de la pasión desengañada: “¡Sí, di que sí!”
La noche fatídica, en la ansiedad de un castigo inminente, las hermanas entremezclan la imagen de sus patronas con el espejismo de su propio mal. Es su propia miseria lo que ellas detestan en esa otra pareja a la que arrastran en una atroz cuadrilla. Arrancan los ojos como castraban las bacantes. La curiosidad sacrílega que constituye la angustia del hombre desde el fondo de los tiempos es lo que las anima cuando desean a sus víctimas y cuando acechan en sus heridas abiertas aquello que Christine, en su inocencia, llamará más tarde, ante el juez, “el misterio de la vida”.

Bueno, volviendo a Aimée. Decíamos que era una paranoia de autocastigo, pero en la misma tesis, en una nota al pie que muchas veces pasa desapercibida, Lacan reubica el caso como una perversión instintiva que estaría dada por una perversión del instinto maternal con pulsión al filicidio. Aquí, en un momento prepsicoanalítico, Lacan no tenía un montón de conceptos. Quiero que sepan simplemente que podemos resituar el caso a partir del problema de la feminidad en la psicosis. Si tomamos las palabras de Aimée: “quieren hacerle daño a mi hijo”, como si fueran sobre ella misma, el pasaje al acto de Aimée apuntaría a su hijo en tanto rastro del ejercicio de su sexo.

Bueno, después de la tesis, Lacan se refiere varias veces a Aimée a lo largo de su obra. Habla de ella como la que lo llevó al psicoanálisis. En 1966, es decir, más de 30 años después, hace un comentario del caso Aimée en uno de sus escritos, retomando la relación estrecha que había tomado en la elaboración de la tesis, entre el pasaje al acto y la resolución del delirio. Es en 1975, unos años antes de su muerte, cuando Lacan hace algunas rectificaciones en una de sus conferencias en Estados Unidos. Afirma: “Ella había herido un poco a esa actriz y la metieron en la cárcel. Me permití a mí mismo ser coherente y pensé que una persona que sabía siempre tan bien lo que hacía, sabía también adónde la llevaría eso, y es un hecho que su estancia en la cárcel la calmó. De un día para el otro desaparecieron las que habían sido hasta entonces sus rigurosas elucubraciones. Me permití -tan psicótico como mi paciente- tomarme eso en serio y pensar que, si la cárcel la había calmado, ahí estaba lo que ella había buscado realmente”. Vamos a seguir en detalle todas las transformaciones que Lacan plantea en esta cita.

Primero, le resta valor al pasaje al acto (“había herido un poco a la actriz”). Nombrarlo como una herida y no como pasaje al acto no cuestiona el fenómeno pero lo debilita.

En segundo lugar, corrige la tesis doctoral en la que había planteado que la satisfacción del autocastigo era inconsciente, desconocida para Aimée. Dice, en cambio: “pensé que una persona que sabía siempre tan bien lo que hacía, sabía también adónde la llevaría eso”, es decir, a la cárcel.

En tercer lugar, aunque no lo impugne, también resta trascendencia al poder resolutivo del pasaje al acto (“su estancia en la cárcel la calmó”). El efecto de resolución delirante (“De un día para otro desaparecieron las que habían sido hasta entonces sus rigurosas elucubraciones”), leído anteriormente como la curación, ahora se dice suavemente: Aimée se calma, se tranquiliza.

Por último, su rectificación implica una revisión de su posición (“Me permití, tan psicótico como mi paciente, tomarme eso en serio”): Lacan había tomado en serio en su tesis que el pasaje al acto realizaba el autocastigo al haber atacado a Aimée la imagen ideal de sí misma representada en la actriz francesa. Si su creencia en esto fue tan psicótica como la de su paciente es que hubo allí un forzamiento de esta lógica: “Le di a eso un nombre más bien raro y curioso: lo llamé paranoia de autocastigo. Evidentemente, eso era quizás llevar la lógica un poco lejos”. Esta modificación de su posición de entonces es una constante en estos últimos años de enseñanza: “Yo era ingenuo. Creía que la personalidad era una cosa fácil de comprender. Ya no me atrevería a darle ese título a aquello de lo que se trataba en esa tesis, pues, de hecho, no creo que la psicosis tenga nada que ver con la personalidad”.

En conclusión, en los años 70 hay un decidido cuestionamiento de Lacan de las bases doctrinales sobre las que construyó su propia tesis de doctorado, lo cual incluye la hipótesis de la curación de Aimée y la función del pasaje al acto en el caso. La tesis fuerte de la curación tal como la plantea en 1932, es matizada con suavidad en los últimos años de su enseñanza. Al final, como ven, Lacan, como Javier, tenía claro que el saber de la clínica psicoanalítica no podía quedar del lado todo. Y, lejos de querer tener la razón, dejó abierto el conjunto de razones.

Bibliografía:
Allouch, J. (1990) Marguerite ou l’Aimée de Lacan.
Muñoz, P. (2009) La invención lacaniana del pasaje al acto. De la psiquiatría al psicoanálisis.
Lacan, J. (1932) De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad.
Lacan, J (1933) Motivos del crimen paranoico: El crimen de las hermanas Papin.
Lacan, J. (1973) Televisión.
Lacan, J. (1974-75): R.S.I.
Lacan, J. (1975) Conferencia en la Universidad de Yale.
Lombardi, G.: ¿Qué es la clínica psicoanalítica?
Rabinovich, D. (1993) La angustia y el deseo del otro.
Rabinovich, D. (1999) El deseo del psicoanalista.
Rabinovich, D. (2011) Encrucijadas, n. 53, Diciembre 2011, p. 87-92.
Tendlarz, S.E. (1999) Aimée con Lacan: acerca de la paranoia de autopunición.

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